sábado, 2 de mayo de 2026

La pérdida del romanticismo.


 

Sé exactamente el tiempo que ha pasado: tres cuadernos. Mi voz sigue presente, solo que no se escucha porque ya lo dijo todo. Hay que encontrar un nuevo tema y uno muy bueno es el de la tierra de nadie.

Allí no hay nostalgias ni se habla en pasado. Tampoco se anhela el futuro deseado. Sí siguen los recuerdos pero perdieron el sentido por el que existen: el engaño. Y el engaño tenía un propósito: ser un propósito. De ese imaginario ya no puedo desvivir. No queda sitio para la autodestrucción, ya no consigo herirme. La película se acabó cuando comprendí la dignidad y esto es para gente seria. Las almas perdidas no tienen ninguna relevancia, dejaron de ser romantizadas hace mucho, aunque no me he dado cuenta de cuándo. 

¿Quién soy yo sin el romanticismo? Me construí a base de ello. Tenía música y era una anestesia para soportar. El dolor era bello y una identidad. ¿Qué cruel verdad hay ninguneando el sufrimiento de estos años? Son melodramas de privilegiada. Son una sensibilidad especial para seguir siendo especial. 

La música es extrema.



La mirada femenina es una total desconocida. El deseo del mediocre ya no es un atractivo. Yo quería escribir sobre lo que reprime la mediocridad, sobre el grito de los potenciales que aún no han explotado y que jamás lo harán. Yo quería escribir sobre mis dueños, pero ha cambiado la puesta en escena. 

Me he pasado el nivel del morbo. Es tan fácil ahora... Me gané el respeto de mis musas y por eso ya no juegan conmigo. Eso me gusta. Ya no jugamos al maltrato, ya la perversión perdió su misterio. Eso también me gusta. Si mi paz ya no se pone falda ni se droga en las escaleras sucias, ¿por qué motivo se llora ahora? Dejar de llorar también me gusta. 

Fue bellísimo el rímel corrido y la sonrisa desesperada, y la aprobación de los crueles. Despiadada belleza. Todo aquello fue poesía. El insomnio, y la sangre en los ojos y el buzón de voz. Belleza cruel y efímera. Las canas se hicieron cargo de la fianza de ese cadáver bello. La paz no se negocia y dejó de ser un pasatiempo el mirarme arder. La combustión de mis textos se recogía sola y no mataba a mi voz. Mi voz está obligada a madurar y no necesita uniformes. El destinatario ha muerto y no acudiré a otra corona más de flores. Ni siquiera me la pondré. El romanticismo ha muerto. Y sólo se entierra a los muertos. Mientras quise destruirlo, se mantenía vivo. 

No importa la matrícula que preside mi salón. Sólo tenía alma cuando yo se la ponía. Las conversaciones solo son vómitos de cocaína. Los ataques de corazón sólo eran veneno forzado. Dolía de verdad a pesar de ser todo mentira. La pereza ha cambiado de dirección y la dirección me espera como imán. No es necesario anunciar la muerte. El velatorio más doloroso es el de la madrugada, ahí sólo se quedan los desgastados, los que se quedan rotos. Da verdadero asco el reino que se sintió amenazado por la inocencia. 


En realidad, es donde realmente empieza. 
El amor de día es para valientes. 
La nocturnidad puede alterar el sabor de las sardinas, acumular fechas de caducidad y regalarte un disparo por que sí, porque son cosas que se esperan de la noche.

Carmen Osadía,
poco suspirosa.