El
corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie
le oye. Vuelve a gritar porque nadie le oye, nadie le consuela, grita más.
Rabia. Hacedme caso, dadme consuelo.
El
corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie
le oye. Vuelve a gritar porque sabe que nadie tiene por qué oírle. Ser víctima
no es la actitud y entonces calla. Calla.
El
corazón quema y escuece y siente impotencia y susurra sus gritos. Susurra
despacio. Deprisa solo para él mismo, para darse su propio consuelo, para
aprender, comprender, asimilar y hacerse responsable de su llanto.
El
corazón quema y escuece y siente impotencia porque no lo entiende y quiere
comprender. Quiere comprenderlo todo, quiere leer, quiere estudiar, quiere
bucear en las mentes y dar muchos abrazos. Pero no lo entiende.
No lo
entiende. El corazón quema y el corazón escuece. El corazón que desea amar pero
se obstaculiza.
Las
preguntas diarias, las batallas constantes que desgastan y te hacen más fuerte.
Persiste mi incertidumbre de por qué no hemos conseguido amarnos. Procuro no hundirme en mi propia culpa, son
mis errores los que obstruyen nuestra vista. Son los mismos los que te engañan
y me veneran y así nunca será verdadero. Las buenas personas se encuentran con
su fin y tú y yo nos perdemos en el surrealismo, donde acudimos para inhalar el
rastro que contamina el espectro. Estamos muy agusto allí con él destripándole
para acabar con su futuro y dándole forma para cerrar su pasado, nuestro presente
cada vez más imposible, -ya no sabes de quién hablo-.
La habitación 2046
despierta todo su sentido ahora mismo y sigue sin arañarme, en cambio dudo de
si a ti te dio un mordisco o solo te guiñó el ojo. Siento que una vez yo
también alquilé esa misma habitación pero recuerdo enseguida que lo he olvidado
para siempre porque fue un atisbo de mi imaginación, -ya no sabes de qué
hablo-.
Es
inevitable que piense en nuestras posibilidades aunque sé perfectamente que
hablar de ellas ya es un refugio inútil de nostalgia, que hoy no son nada más
que las reglas de un juego al que acudíamos cada vez que coincidíamos en el
rellano del hotel, en ese pequeño recreo que inventamos porque no podíamos
jugar juntos. Tú con los chicos mayores, yo con los niños de mi edad. Otras
veces teníamos los mismos años, otras veces y siempre los seguimos teniendo
pero tú con tu experiencia. Yo, con mi conciencia, -te estoy hablando de nosotros-.
Es
cierto que cada vez estoy más cerca de graduar mejor mis ojos pero también es
más posible romperlos. Tú con tu guerra de fantasmas y yo con la mía, y otras
veces cae una mundial, o dos. Siento tantísimo no entendernos siempre, siento
tantísimo nuestra relación que me crujen las articulaciones y me pesan los
huesos. No puedo perderme sin que te pierda a ti primero y eso es una ley. A
cada herida, a cada mensaje y a cada tono mal nivelado tú vas encontrando tu
otra felicidad, aquella que no va conmigo y yo me alegro por tu nueva sonrisa y
me pongo triste por mi mueca torcida.

Esto es crecer, mi inconsciente sigue
rajando agujeros y haciéndome sangre porque no consigo darme cuenta al máximo
de mi realidad. Tengo que ir más rápido y estar a la altura porque eres más de
lo que merezco y eso parece que siempre me va a acompañar. Ay, ojalá que no. Ojalá dé la talla. Al final sí caigo en la culpabilidad, siento que no merezco siquiera quejarme y lo siento bien dentro, y aj, qué lenta y qué atrasada voy.
Supongo que sí que te he entendido Wong Kar Wai, supongo también que sí he sabido leerte, pero no hay vínculo. Es por este camino donde conectamos, cada uno con lo suyo, tú mejor que yo, y yo desesperadamente a ciegas, deseando amar.
Carmen Osadía
Gutiérrez