lunes, 27 de agosto de 2012

El bienestar de mi cultura.

Por desgracia para los artistas, son musas nuestras musas porque son todo aquello que adoramos y veneramos como un altar inalcanzable en su rompimiento de gloria más perfecto. Ese deseo apresurado que intuimos a golpes tan violentos como en nuestra sensibilidad cabe. Eso que está tan cerca pero que al fin y al cabo es (P)latón. Ni bronce, ni oro. Pintamos, construimos, escribimos y hacemos cine para borrar el pasado o recordarlo, para conocer la verdad, para volcar la rabia o dar con ella, para manifestar, para exprimir las emociones o por qué no, para vender. Nos perdemos en el abandono y en el refugio de otros desatendidos y vamos agarrados a sus corazones rotos cultivando nuestras mentes fértiles en cultura de dolor. ¿Por qué perdemos la fe en la humanidad por una falta de ortografía? ¿por qué esa necesidad de colmar de valor el intelecto? ¿por qué competir? ¿por qué ese horror por no hacerlo? 

Suspiro de angustia en mi romántico surrealismo. 
Me obsesiono con el saber y descuido aplicarlo. 
Me desvivo por el amor y postergo vivirlo. 

Me obsesiono contigo y nos destruyo. 

¿Por qué no darse un respiro y olvidar las faltas? Qué difícil resulta escribir que simplemente estamos contentos y qué cortos se quedan mis textos. Intento dar con mi goce, que es verdadero y doy con nostalgia de tristes. Me pregunto qué drama cuidamos los artistas en rabia de inspiración. O tal vez me equivoque, tal vez existáis aquellos que rodáis ese cine de bienestar. Tal vez existas tú, plenamente feliz en pos de los acontecimientos, que ojalá me irradies como hiciste hasta ahora y siempre. Ojalá no pudramos nuestro vínculo. Y otra vez, ¿por qué hablo de "ojalá" si lo que quiero es sentarme con mi presente y darle un beso? 

Carmen, detente. Detente y toma consciencia, real.


De vez en cuando la vida nos besa en la boca
y a colores se despliega como un atlas,
nos pasea por las calles en volandas,
y nos sentimos en buenas manos;

Se hace de nuestra medida, 
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño 
cuando sale de la escuela.

De vez en cuando la vida toma conmigo café
y está tan bonita que da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena.

Pintamos, construimos, escribimos y hacemos cine en busca de un mismo objeto que es la felicidad, y a veces olvidamos que está en la otra habitación organizando apuntes, en la cocina preparando una paella, o unas calles más abajo soñando con París.





Carmen Osadía Gutiérrez
tomándose una crêpe mexicana 
y un Frozen Capuccino.



(Letra: "De vez en cuando la vida" Serrat
Imagen: El primer frame de un buen regalo)

viernes, 17 de agosto de 2012

In the mood for love.




El corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie le oye. Vuelve a gritar porque nadie le oye, nadie le consuela, grita más. Rabia. Hacedme caso, dadme consuelo.

El corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie le oye. Vuelve a gritar porque sabe que nadie tiene por qué oírle. Ser víctima no es la actitud y entonces calla. Calla.

El corazón quema y escuece y siente impotencia y susurra sus gritos. Susurra despacio. Deprisa solo para él mismo, para darse su propio consuelo, para aprender, comprender, asimilar y hacerse responsable de su llanto.
El corazón quema y escuece y siente impotencia porque no lo entiende y quiere comprender. Quiere comprenderlo todo, quiere leer, quiere estudiar, quiere bucear en las mentes y dar muchos abrazos. Pero no lo entiende.

No lo entiende. El corazón quema y el corazón escuece. El corazón que desea amar pero se obstaculiza.

Las preguntas diarias, las batallas constantes que desgastan y te hacen más fuerte. Persiste mi incertidumbre de por qué no hemos conseguido amarnos.  Procuro no hundirme en mi propia culpa, son mis errores los que obstruyen nuestra vista. Son los mismos los que te engañan y me veneran y así nunca será verdadero. Las buenas personas se encuentran con su fin y tú y yo nos perdemos en el surrealismo, donde acudimos para inhalar el rastro que contamina el espectro. Estamos muy agusto allí con él destripándole para acabar con su futuro y dándole forma para cerrar su pasado, nuestro presente cada vez más imposible, -ya no sabes de quién hablo-. 

La habitación 2046 despierta todo su sentido ahora mismo y sigue sin arañarme, en cambio dudo de si a ti te dio un mordisco o solo te guiñó el ojo. Siento que una vez yo también alquilé esa misma habitación pero recuerdo enseguida que lo he olvidado para siempre porque fue un atisbo de mi imaginación, -ya no sabes de qué hablo-.

Es inevitable que piense en nuestras posibilidades aunque sé perfectamente que hablar de ellas ya es un refugio inútil de nostalgia, que hoy no son nada más que las reglas de un juego al que acudíamos cada vez que coincidíamos en el rellano del hotel, en ese pequeño recreo que inventamos porque no podíamos jugar juntos. Tú con los chicos mayores, yo con los niños de mi edad. Otras veces teníamos los mismos años, otras veces y siempre los seguimos teniendo pero tú con tu experiencia. Yo, con mi conciencia, -te estoy hablando de nosotros-.

Es cierto que cada vez estoy más cerca de graduar mejor mis ojos pero también es más posible romperlos. Tú con tu guerra de fantasmas y yo con la mía, y otras veces cae una mundial, o dos. Siento tantísimo no entendernos siempre, siento tantísimo nuestra relación que me crujen las articulaciones y me pesan los huesos. No puedo perderme sin que te pierda a ti primero y eso es una ley. A cada herida, a cada mensaje y a cada tono mal nivelado tú vas encontrando tu otra felicidad, aquella que no va conmigo y yo me alegro por tu nueva sonrisa y me pongo triste por mi mueca torcida. 

Esto es crecer, mi inconsciente sigue rajando agujeros y haciéndome sangre porque no consigo darme cuenta al máximo de mi realidad. Tengo que ir más rápido y estar a la altura porque eres más de lo que merezco y eso parece que siempre me va a acompañar. Ay, ojalá que no. Ojalá dé la talla. Al final sí caigo en la culpabilidad, siento que no merezco siquiera quejarme y lo siento bien dentro, y aj, qué lenta y qué atrasada voy.

Supongo que sí que te he entendido Wong Kar Wai, supongo también que sí he sabido leerte, pero no hay vínculo. Es por este camino donde conectamos, cada uno con lo suyo, tú mejor que yo, y yo desesperadamente a ciegas, deseando amar.



Carmen Osadía
Gutiérrez