domingo, 30 de agosto de 2026

Nostalgia. Era la hora del vermú...

 No tenía por qué saberse que es a Andréi Tarkovski a quien yo rezo, pues su poesía pertenece al mayor de los misterios. Es el último domingo de agosto, la una de la tarde, y hay que dejar totalmente echadas las persianas y el teléfono apagado para dar paso a la contemplación.

Hoy quiero que se entienda que la mirada de Andréi Tarkovski puede leerse perfectamente y, sin embargo, permanece inalcanzable en pantalla. El deseo del que continuamente hablo no se menciona en Nostalghia, y esa ausencia convierte la imagen en una caricia mental.

Sin embargo, cuando el deseo aparece, lo hace desde la exposición y la humillación femenina. "Está loca", responde el ilustre poeta. El discurso del hombre intelectual desapegado del corazón resulta ser antiquísimo. Es banal. Y, entre tanta agua viva, Tarkovski encuentra todavía un momento teatral para violentar esa distancia. Nostalghia coloca a las personas que sienten demasiado, creen demasiado o desean demasiado al borde de la categoría de locura. Domenico también está "loco". 

¿Por qué el tormento del hombre concede profundidad y el deseo de la mujer provoca ridículo?



Madre dolorida, madre atormentada. Madre feliz, madre generosa. Madre angustiada, madre santa. Madre amorosa, madre luminosa. Madre modificada, madre santificada. Madre dolorosa, madre orgullosa. Madre inspirada, madre iluminada.




Detalle de Madonna del Parto, de Piero della Francesca, tal como aparece en Nostalghia.


La imagen captada desde el pensamiento es absolutamente diferente a la imagen captada desde la emoción. Ese es el punto exacto donde nace la distancia, y la distancia, a su vez, es la que protege. 
El análisis minucioso, alejado de la ciencia y sostenido únicamente por la intuición, termina de poner en entredicho el orgullo y la seguridad de una. Ya no me da vértigo plantearme haber estado equivocada durante años.

No necesito arder. Ni encender velas. Ni cigarrillos. Esta es la posibilidad de abandonar una interpretación sin sentir que con ello destruimos todo lo vivido. 

Comía guindillas y bebía vino mientras trataba de encontrarme con tu coche. No tenía que salir de mi cocina: tan sólo mirar por mi ventana y esperar a que tú condujeras por allí. La matrícula de tu coche siempre me ha obsesionado, y quizá por eso las matemáticas son un alivio cerebral. El pensamiento no tiene la suficiente fuerza para detener a tiempo la memoria corporal. Ese trayecto es el más ingrato, y la paciencia, una aliada que llevo persiguiendo años. Resulta irónico. 

—¿Qué hacías mientras esperabas?
—Convencerme de que no estaba esperando.

—¿Cuántas veces mirabas?
—¿Es que no me conoces...?

—¿Qué significaban los números de la matrícula?
—La posibilidad de que tú me vieras, de que te dieras cuenta.

—¿Y qué habría pasado si el coche hubiera aparecido?
— ...

En la segunda copa de vino ya me voy a lo que más me gustará saborear después: lo explícito. Tú en mi coche exponiendo tus dudas. Resulta que me deseas, que no sabes qué haces aquí, que volvemos a hablar de cine juntos . Pues yo qué sé, si no vamos a follar, ¿para qué?.




Nostalgia.
La mía.
Carmen Osadía