martes, 29 de enero de 2013

El enfado que gestó Tetsuya. Primera confesión.


Deseo arrojar con odio a mi niña a la piscina. Que se ahogue, que estoy harta de ella y su crueldad, qué cruel es. También odiamos a los niños que no quieren jugar con nosotras, son imbéciles. 

De repente tu mundo se desangra porque has dejado a medias tu película favorita de Bergman y no quieres verle más por hoy y ojalá que nunca más. Demasiadas verdades, demasiada responsabilidad y te das cuenta de que si no eres consecuente todo es venganza, odio, rencor y cine japonés. ¿Qué más da, si Ingmar Bergman murió solo en una isla? Volvemos a colgarnos al cuello nuestra cruz cristiana, y somos infieles a su imagen, y esta vez nos despojamos de la cadena de plata sucia y la sujetamos con cuerda negra -porque nos queda mucho mejor-, de oscuras estamos más guapas.
Qué buena época toda la anterior, cuando era más fácil sentarse con el odio y mirarle con el corazón de terror a esperar la venganza que tan bien nos iba a sentar. Valía la pena sacrificar toda esa mierda que llaman pureza para ver el insatisfactorio resultado. La insatisfacción era la única sensación leal, y quería quedarse con nosotras la muy hija de puta, después de todo lo que habíamos construído con nuestra alma putrefacta. 
No soportamos estar más a la altura y preferimos llamar la atención desde el silencio. Nos vamos a ir al cine solas porque ya no solo odiamos en la miseria sino que hemos aprendido a odiar creciendo. Llorar solas nos hace más fuertes, no es necesario exponerse. Es mejor hacerse las duras y dejarse llevar por el teclado porque no es adecuado gritar, aunque es lo que más nos apetece. Mandaros a todos a la mierda y que el mundo se resuelva solo, o venga en nuestra búsqueda. Queremos ser víctimas y que nos hagan ellos el trabajo sucio, queremos tener las manos limpias, pues debajo de la piel ya hay demasiada carne muerta.
Parece necesario acudir al sexo por el sexo y a las uñas negras. A los ojos oscuros y a la diosa de la discordia, nuestro ejemplo y nuestra envidia. Queremos ser esa diosa, tan libre y tan sensual, a ella no le importa joder y engañar. Queremos volver a engañar y a hacer el mal, las mentiras y los disfraces. 


Fijaos en mi pelo oxigenado y en mi llamativo escote 
y meteos por el culo mi dedo corazón.

Imagen: Confessions, Tetsuya Nakashima.


Carmen Osadía













jueves, 17 de enero de 2013

Palabras para los que saben de amor y que por eso aprendieron de cine o viceversa.

Eres Johan cuando no le enseñaron a llorar de niño y es por esto que quiere aprenderse el mundo mirando a ver en otros mundos, fuera de Färo, tal vez con otro mar. 

Eres Antoine Doinel cuando huye perdido al mar porque es ahí donde están todas las lágrimas vertidas que tantos otros no comprendieron, igual que tú.

Eres las lágrimas de Petra Von Kant cuando es mujer y es niña, amarrando fuertemente sus celos porque quiere ser artista sin saber que desnuda y sin peluca ya lo es.

Eres la sarabanda que se escucha cuando los ancianos se desnudan para volver a quererse otra de tantas veces, porque saben que esta vez no será la más convencional, pero sí la más auténtica.

Eres el silencio que convenció a la enfermera Alma de su persona, el mismo silencio que es capaz de interrumpir teatro para actuar de verdad: un paseo por la playa será suficiente.

Eres el cielo de todas las playas y el cielo sobre Berlín, porque le gusta leer profundo las mentes del ser humano hasta enamorarrrrrse de ellas.

Eres la mente torcida de Eloise. 

Eloise está loca y es bizarra, como la voz de Selma cuando canta desgarradora rajándonos el corazón desesperada para no cegarnos nunca.

Eres la soga de luces verdes y rojas. Eres los corazones que se escriben con ellas y las ropas que tiñen Sonata de otoño, porque aún queda pendiente una buena conversación.


Eres las palabras cómplices.

Eres la ilusión que buscamos.

 La que encontramos.

Eres el beso y su contraseña.

Eres mi brillo de ojos.

Eres Marianne.



Eres el cine.