Me gusta que revientes por dentro por mí.
Me gusta que cedas después de mis súplicas.
Me gusta mirarme desde fuera mientras me recuerdas que no soy tu prioridad.
Hablemos de verdad.
De la conversación a tres que inevitablemente sucede entre Resurrection (Bi Gan, China, 2025), With Hasan in Gaza (Kamal Aljafari, Palestina, 2025) y Nouvelle Vague (Richard Linklater, Francia, 2025).
Tomábamos café, vino, no recuerdo, quizá íbamos por la tercera ronda.
Con Kamal hablaba de aquel final tan esperado: la pureza de un niño con la cámara de vídeo tras su búsqueda en Gaza.
Godard aún no sabía qué buscaba en el final de la escapada, y Bi Gan necesitaba dejarse llevar por el cuidado visual de la historia del cine.
Linklater sonreía: sabía que todo retorno es una trampa. Que filmar es volver a pasar por el mismo punto del mapa, con otro cuerpo y la misma pregunta.
Entre los tres flotaba una idea: resucitar es volver a mirar.
No al pasado, sino a lo que queda vivo en lo que fue filmado.
Gaza, China, París —tres geografías heridas, tres maneras de resistir la pérdida—.
Y yo, en medio, observando cómo cada película se aferra a la posibilidad de que aún haya belleza, incluso después del derrumbe.
Godard parió el mismo sueño que yo aún tengo hoy.
Y yo me enamoré de él, aun imaginándomelo como si fuera un gilipollas.
Gracias que Linklater ha cuidado su humanidad en él.
La ilusión que rompe el aplauso con ganas al final del visionado es el sonido que lleva consigo más calor.
El viernes no perdí el tren.
El cine es un tren, una estación, un lugar de tránsito.
Un travelling, un robo, una primera mirada al espectador.
Cuando estoy sola me hago preguntas,
y creando películas encuentro las respuestas.
Así citaba Jean-Luc.
Y así asentía en la butaca del Carrión, acompañada de la misma ilusión compartida por quienes se hallaban en la sala.
¿Qué pasa cuando me habla Producción y me tapo los oídos?
Hay una constante que se repite: no dejar de lado nunca mi 5D.
Hay otra constante, además: que todo lo que se sale del dolor de estómago es ruido.
¿A quién hay que mirar?
¿Qué quiso contar Bi Gan con tanto cuidado en la imagen, referenciando la historia?
Tiene todo el sentido del mundo enamorarse de una chica en el Apocalipsis
y ser prácticamente asesinado cuando el premio es que te muerda ella, siendo una vampira.
Igual que hay una evidencia terrible tras cada fascinación por tu amabilidad:
esa que tanto me gusta y me tortura tras su falta.
No es refuerzo intermitente: es un gusto.
El segundo vino sabe mucho mejor,
porque ya no importa su sabor, sino lo que sale.
¿Qué pasa cuando te enamoras de M y vives en Düsseldorf?
Tal vez aprendes que mirar también duele,
y que cada plano es una resurrección fallida.
La captura como encuentro con el vínculo es realmente lo único que me interesa. La realidad es efímera y no me despierta mucho más el filosofar el muro que hay entre la cámara y la experiencia. El filtro que lo enlaza es precisamente donde comienza el cine. La vergüenza de la conciencia también es real, y también es bonito guardarla. La perfección del propio instante ojalá fuera un recuerdo del futuro traído al propio presente. El blanco y negro endulza la belleza, a pesar de que nunca vivimos la materia prima del tal modo; Sin embargo, nos lleva a unas raíces de cómo percibimos las primeras imágenes cinematográficas.
Eso es nuestro y también es real.
Eso construimos y también es real.
Tú eres real. (Te quiero).
Una búsqueda en Gaza que cerró como búsqueda sin hallar el encuentro soñado, simboliza la propia creación de una obra. Buscabas tratando de encontrar y diste con un puñetazo que duele tanto porque al fin y al cabo, es la verdad, pero abraza eterna. La Nouvelle Vague encontró unas imágenes tras reflexiones escritas. Bi Gun, se queda a las puertas de resucitar una emoción, reescribiendo el cine.
El cine es tan bonito.
Suspiro a tres.
A cuatro, conmigo.
Con amor, para la Seminci.
Carmen Osadía.

























