Esta semana creo en Dios.
Suena Adagio for Strings y beso la cruz de brillantes
que más de uno tuvo dentro de su boca.
Esa que ahora dejo de succionar,
por toma de consciencia.
Esta semana sabe a huevos de corral
y a patatas con restos de tierra.
Llueve,
y que siga lloviendo.
Porque me apetece muchísimo que esté lloviendo.
Lo celebro apartando las cortinas.
El cuerpo me pide el silencio.
La procesión del Silencio de mi santo y maldito pueblo,
y el de Ingmar Bergman.
Y el de las viejas desahogadas, desnutridas, liberadas.
Los pecados que tragué: dulces, dulcísimos. Qué sabor.
Dios los bendiga.
Dios me dice:
“Hija mía, hija de la vida.
Hija, yo te perdono.
Hija, no dejes de hacerlo.
Hija, es la verdad.
Hija, para eso está.
Hija, traga.
Que eres bendita.”
Doy gracias por este cementerio que aún no me desangra.
El agua oxigenada solo ha transformado el color vivo,
y otro tuvo que darle la vuelta al colchón.
Te jodes, por Verónica,
por desvirgarme aquella noche con presagio del final cruel.
Llegará la procesión que años me remueve por dentro.
La procesión de pueblo.
La que llevará mantilla negra en su boda soy yo.
Dios está en mí.
En cómo muerdo la culpa
y la escupo.
En cómo miro al cielo no para pedir,
sino para desafiar.
Dios, yo soy tu aliada.
Dios, que yo grito tu nombre y sabes tú cómo,
porque estás presente y miras.
A mí, me gusta ser mirada.
Si no, ¿de qué?
Óyeme.
Este vino qué bien me está sabiendo.
Este vino, este cigarro, este queso a cuchillo.
Dios, bendice este ratito.
Dios, yo también te bendigo a ti.

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