viernes, 17 de agosto de 2012

In the mood for love.




El corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie le oye. Vuelve a gritar porque nadie le oye, nadie le consuela, grita más. Rabia. Hacedme caso, dadme consuelo.

El corazón quema. Escuece. Siente impotencia. Grita. Llora. Vuelve a gritar. Nadie le oye. Vuelve a gritar porque sabe que nadie tiene por qué oírle. Ser víctima no es la actitud y entonces calla. Calla.

El corazón quema y escuece y siente impotencia y susurra sus gritos. Susurra despacio. Deprisa solo para él mismo, para darse su propio consuelo, para aprender, comprender, asimilar y hacerse responsable de su llanto.
El corazón quema y escuece y siente impotencia porque no lo entiende y quiere comprender. Quiere comprenderlo todo, quiere leer, quiere estudiar, quiere bucear en las mentes y dar muchos abrazos. Pero no lo entiende.

No lo entiende. El corazón quema y el corazón escuece. El corazón que desea amar pero se obstaculiza.

Las preguntas diarias, las batallas constantes que desgastan y te hacen más fuerte. Persiste mi incertidumbre de por qué no hemos conseguido amarnos.  Procuro no hundirme en mi propia culpa, son mis errores los que obstruyen nuestra vista. Son los mismos los que te engañan y me veneran y así nunca será verdadero. Las buenas personas se encuentran con su fin y tú y yo nos perdemos en el surrealismo, donde acudimos para inhalar el rastro que contamina el espectro. Estamos muy agusto allí con él destripándole para acabar con su futuro y dándole forma para cerrar su pasado, nuestro presente cada vez más imposible, -ya no sabes de quién hablo-. 

La habitación 2046 despierta todo su sentido ahora mismo y sigue sin arañarme, en cambio dudo de si a ti te dio un mordisco o solo te guiñó el ojo. Siento que una vez yo también alquilé esa misma habitación pero recuerdo enseguida que lo he olvidado para siempre porque fue un atisbo de mi imaginación, -ya no sabes de qué hablo-.

Es inevitable que piense en nuestras posibilidades aunque sé perfectamente que hablar de ellas ya es un refugio inútil de nostalgia, que hoy no son nada más que las reglas de un juego al que acudíamos cada vez que coincidíamos en el rellano del hotel, en ese pequeño recreo que inventamos porque no podíamos jugar juntos. Tú con los chicos mayores, yo con los niños de mi edad. Otras veces teníamos los mismos años, otras veces y siempre los seguimos teniendo pero tú con tu experiencia. Yo, con mi conciencia, -te estoy hablando de nosotros-.

Es cierto que cada vez estoy más cerca de graduar mejor mis ojos pero también es más posible romperlos. Tú con tu guerra de fantasmas y yo con la mía, y otras veces cae una mundial, o dos. Siento tantísimo no entendernos siempre, siento tantísimo nuestra relación que me crujen las articulaciones y me pesan los huesos. No puedo perderme sin que te pierda a ti primero y eso es una ley. A cada herida, a cada mensaje y a cada tono mal nivelado tú vas encontrando tu otra felicidad, aquella que no va conmigo y yo me alegro por tu nueva sonrisa y me pongo triste por mi mueca torcida. 

Esto es crecer, mi inconsciente sigue rajando agujeros y haciéndome sangre porque no consigo darme cuenta al máximo de mi realidad. Tengo que ir más rápido y estar a la altura porque eres más de lo que merezco y eso parece que siempre me va a acompañar. Ay, ojalá que no. Ojalá dé la talla. Al final sí caigo en la culpabilidad, siento que no merezco siquiera quejarme y lo siento bien dentro, y aj, qué lenta y qué atrasada voy.

Supongo que sí que te he entendido Wong Kar Wai, supongo también que sí he sabido leerte, pero no hay vínculo. Es por este camino donde conectamos, cada uno con lo suyo, tú mejor que yo, y yo desesperadamente a ciegas, deseando amar.



Carmen Osadía
Gutiérrez

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