miércoles, 12 de marzo de 2014

Sobreescribiendo a mi director

Para el director, la última semana de ensayos es difícil de soportar. La empresa ha perdido lo que tenía de excitante, el hastío es agobiante, los defectos saltan a la vista, una fría indiferencia envuelve el cerebro y los sentidos como una niebla que no levanta.
Duermo pésimamente. Van desfilando ante mí las calamidades, los acentos, los gestos. Las iluminaciones fallidas están ante el ojo como las imágenes fijas de un proyector. ¡Ahí tienes! La noche va a ser larga y triste. No me molesta la falta de sueño, lo que me cansa son los sentimientos. ¿Dónde está el error básico? ¿Está ya en el texto: la ruptura entre la inspiración genial y la actitud redentora, la belleza acre y la edulcorada cháchara? Pero, joder, ésa es precisamente la contradicción que quería presentar. ¿Es irreverente la traviesa parodia de la gruta de Fingal? ¿Es que no se puede uno reír del Titán aunque lo haga amorosamente? Que no se me olvide abrir un poco más la luz del foco treinta y seis sobre la cama en el despacho del Abogado, por lo demás esa escena está bien iluminada, pocas lámparas y mucho ambiente. Sven Nykvist estaría orgulloso de mí.

Paso revista críticamente a mis últimas películas o puestas en escenas teatrales, y encuentro por doquier un perfeccionismo puntilloso que espanta la vida y el alma. En el cine todo es irremediable. Cada día de rodaje son tres minutos de película terminada. Todo tiene que vivir, respirar, ser una creación.

Ingmar Bergman

Sobreescribo cada vez más las inagotables palabras de mi amor para alcanzar mi sacrosanta inspiración. Se desvive por ti mi corazón, quiero ser partícipe de tu esperanza y tu inacabable desespero por el consuelo de nuestro cine. Resultan por ahora escasos mis pensamientos hacia ti y me invaden más los odios por la mediocridad de nuestro proyector. Mis amigos se desilusionan por las universidades, nuestras cunas, porque no nos dedican más nanas de inspiración. No sé cómo escribir sobre ello.

Te echo de menos y tú siempre estás en mi cajón, como en un espejo. Te echo muchísimo de menos y tú siempre estás conmigo, en mi escritorio, mi amadísima linterna mágica. Te amo para siempre, para siempre, para siempre. He perdido práctica en esto de amarte y ahora que quiero hablar de mi mundo solo se me ocurre volver a empezar recordándonos que te sigo queriendo, y que muero de ganas por volver a juntar nuestras caligrafías, la tuya a modo de tercera edición y la mía a lápiz torcida y buscando hueco en tus márgenes. Me he vuelto loca subrayando tu alma y dios mío quiero volverlo a hacer. Mi culpabilidad, o lo que sea que es, me ha dado un empujón ay, bienvenido seas, dios mío Ingmar Bergman, te quiero, porque como decía, mis nervios, ay dios, todavía no me atrevo a terminar tu filmografía, nunca, nunca, nunca... Como intento penosamente decirte, que sigo sin saber el modo, es que gracias o no sé. Horror. No, no es culpabilidad, ha sido dejadez pero no me siento culpable, ahora soy una persona que no tiene culpa. Ha sido lo que sea. 

Siento una profunda pasión dirigiendo a los actores, dándoles todo lo más profundo de mí. Me enamoro de todos los directores, queridos directores quiero besaros. Querido BERGMAN, a ti no podría jamás besarte porque no consentiría sustraer de tu tiempo un beso cuando podrías estar hablándome y enseñándome siempre. Igualmente es cierto que por no poder besar a mi ángel te he prestado atención de manera enfermiza, todo lo que me has contado me ha abierto una raja en el corazón sólo por vaciar más rápidamente mi sangre por toda mi alma, por favor que llegue ya hasta mis dedos que quiero contarlo todo, por favor que llegue ya hasta mi boca que quiero vomitar mis entrañas. Jamás te lo escupiría, pero he tenido que esforzarme por ello...

Un día fuimos juntos a la filmoteca. Ambos estábamos emocionados porque la sala fuera la del telón, el teatro, el auténtico telonero del cine. La película que vimos no era muy buena, por eso tuvimos el momento perfecto para darnos un beso. Así compartimos que el cine nos daba otra oportunidad para rescatarle, mientras hagamos el amor estando él presente podremos dar a luz a nuestras películas. Eso nos gustaba pensar, por eso nunca nos acostamos cuando nos hablaba Tarkovsky, aunque a escondidas sí nos metíamos mano de manera ineludible después de la escena secuencia en travelling, el niño se despertaba, todo era gris, viento y unas misteriosas sábanas cruzando el frame. Se quemaba una casa y ahí abríamos los ojos sin despegar los labios porque nos brillaban demasiado. Ambos sabíamos que llorábamos y nos gustaba mirarnos.

- ¿Por qué lloras?
- ¡Ah!, no es nada, de veras, nada grave. Pero a veces siento un ansia tan profunda... Espero anhelante el momento en que se abra la puerta y todos los rostros se vuelvan hacia aquel que ha de llegar. (Pausa). Están todos tan tranquilos y tan serenos. Esperan. Y su amor... amor...

 Lo apuntábamos todo para colocarlo en nuestra escena, eso es lo que necesitan saber nuestros actores...  

De pronto ríe de un modo brusco e irónico y deja de hablar.

-¿ Qué significa esto?
- Probablemente crees que estoy inventando.






Nos idolatramos. Un día leí tus escritos en secreto y me enamoré más de ti, o eso creí. Lo confundí. Me di cuenta de que estaba loca porque me había colado en tu intimidad, te lo digo ahora... Pero tú eras sabido de mi insania y te gustaba más, tu egocentrismo mantenía cierta parte de nuestra relación. Eso también lo sabía yo y me excitaba, nos excitaba a los dos, así nos acosábamos. El amor se manifiesta de muchas maneras, la nuestra no era cuerda, ¿pero qué más daba? nosotros escribíamos cine y lo experimental y lo oculto pero verdadero era nuestro guión estrella. Nosotros entendemos de esto muy bien.

El trabajo empezó inmediatamente. Y nos sumergimos en una ola de belleza devastadora y repulsiva.

Esto es lo que yo buscaba, poco a poco, como en un espejo.

Carmen Osadía








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