Se han bloqueado mis segundos para darme un aviso y me riñen para que tome nota. Yo les hago caso muy enfadada y como siempre me siento a observar y a tirarme del pelo para dar paso -adelante, por favor- a la verdadera visión. Esos tirones no hacen más que sangrarme para que dé un sorbo y reciba con sed calmada las ostias de la sensatez, entonces es así cómo se entrena mi bebé intelecto -Intolerante a la lactosa, yonki del egocentrismo-.
Esto que te cuento, está pasando ahora.
Una vez bebiendo algo aturdida, adormilada y bajo una presión que obstruye la realidad, busco mi refugio melancólico, esa vía infravenosa rápida y dulcemente psicodélica que me desvía de Goethe al maquiavélico mundo de los Sims y a mis hijos no natos contigo. Me chuto dosis de tu nombre, mi amor. Avanzo caminando hasta correrme de tí para alcanzar una meta que yo misma he inventado donde me quedaré muy sola. Está muy claro cuál es el final más próximo y mi sexto sentido tergiversa mi tiempo perdido aun leyendo vuestras lágrimas de felicidad en un ¿Y si fueran mías?. Mi objeto. Se pronuncian mis deseos y suspiro triste por no moldear su figura más sagrada, esto es, la auténtica. Procuro nadar y respirar con los párpados cosidos en mi endiosada desdicha cuando, en un atisbo, se escudriña tu imagen y ahí estás tú JAJA riendo entre cauteloso y divertido con una aguja y un dedal. Y quiero seguir siendo tu punto de cruz...
Esto que te cuento, sucede demasiadas veces.
Entonces me encadeno a mi eternidad eterna, a mis ciclos revulsivos, a mis locas, ociosas y recalcitrantes obsesiones y a la pesadilla -que soy yo-.
Viajo en flashback a ese verano con Mónica, a su áspero olor a Fortuna, al ardiente café, a sus manos y muñecas huesudas, a su rubio oxigenado, a Fave De Fuca y Dulcolaxo, a aquella noche de horror en Henares, a su suelo recién fregado, a su filosofía envuelta y a su vacío destructivo. Hace mucho que no siento lástima por tí pero muy a mi pesar me compadezco de tus demonios y tu elección de darte por entera a ellos y arrastrarme contigo en detergente, Ángeles.
No sabes cuánto ¿me ha costado o me cuesta? perdonarte y con ello perdonarme a mí. Se desgastan mis esfuerzos en no culparnos del pasado y en el paraíso final del que trato de hacerme responsable. No somos malas personas, tan solo venimos de un mal lugar, dice la vergüenza. Pues eso.
Esto que te cuento, es lo que nos sucedió.
Así decidimos luchar incansables por rescatar y recolocar el presente que nos merecemos, cada una a su manera como más buenamente puede. Mamaste del ronco veneno y qué otra cosa sino ibas a darme, ciega. Por eso déjame que me distancie, que no nos contamine mi niña caprichosa, que administremos nuestro adulto y nuestros mimos, que busquemos en el corazón humilde tan ausente por entonces y en la humanidad que hoy en día, también puede ser devuelta del mismo modo en el que él nos salvó.
Porque esto es, por otra parte, lo que también pasó.
(Fresas salvajes, El sexto sentido, Un verano con Mónica)
Carmen.
Cimentando la Osadía.
Profundamente Gutiérrez.
Regenerando Ruiz.


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