Me preguntabas qué estaba pensando cuando decidí marcharme y esperé en tu cocina algo perdida de mis caóticas emociones. Me lo preguntabas desenfadada de aquel contraluz, igual que aquella película tan íntima en la playa, y reías encantadora. Qué irónico, me resultaba difícil despertar incluso después de que tú misma volvieras a recordarme ese cine de libertad, sutilmente vestido de una dictadura de profílmicos a nuestros ojos. ¡Claro, porque podemos hacer todo lo que queramos con el cine! Porque no tiene por qué ser el correcto, y precisamente porque es el nuestro estará lleno de conductas imperfectas, de vómitos de inconscientes, de un libro negro que ojalá nunca pase por el ojo corrector y deje con lustre tus tachones, igual que una gorda desnuda. Ojalá que tu libro despida sangre, mal despertar, rencor, deseos egoístas y por qué no, amor, todo eso a lo que tú, de una manera adorable e inexacta, llamas hedor. Hoy, olvidé las -a saber cuántas- intenciones del director porque me distraían nuestras ilusiones, nuestro sueño compartido de criar a nuestros hijos de pentaprisma en un framework tan real como imperfecto, por que así lo decidimos, en un plano secuencia a 64fps con música de qué, de U2, de Wagner, de Haze, qué más da, el caso es que nos mola y automáticamente nos genera necesidad. Necesidad de amar siempre, por supuesto, porque amamos mucho. Win Wenders una vez saltó del hotel de un modo atípicamente onírico para caer de lleno en la página 55, esa que no necesita justificación a pesar de que mi yo y mi inconsciente nos arrodilláramos en un ruego de comprensión. Esa página que siempre será para ti porque tanto esa sensualidad que imaginas como las palabras agradecidas que recibes, es algo que te mereces. Tom y Eloise olvidaron los besos para poder beberse con gusto en las primeras filas de clase, como nosotras, tan divertidas hoy diseñando contraplanos, contrabesos. Win Wenders nos enmarcaba bajo un cartel luminoso que no era necesario un roce de lenguas -extrañamente no tan anhelado durante la cinta- porque ya estaba a la altura el volvernos locas y destripar a Haneke una noche carnavalesca. De vuelta a casa sentía que no podían ser más grandes que el contenido de mi bolso lugares como Färo, París, Texas, o el tiempo que echo de menos desde que llegamos a la estación hasta que me bajo del coche, para agradecerte esa sonrisa que atisba un corazón creativo. No podían ser más grandes porque ahí residen tus ganas de amar al mundo -Sí, tú también estás en el ajo- y regalos como el de hoy sólo son dignos de imprevistos, de personas bellas, de posponer planes, de personas bellas, de personas bellas, de personas bellas. Deseaba yo que fuéramos amigas y pongo la mano en el fuego si así no ha sido, si vivo en un análisis engañoso y cogemos con ganas el cine de Orson Welles (pereza). Igual de rápido que aparco mis promesas de acostarme pronto y cambio las historias que me has regalado por el plano de Bañuelos en Tarkovski o El Desprecio de Godard, recíproco a tí y que yo tanto aprecio, no se equivocaba la melodía que entonaban los teléfonos cuando sonaba tu número...
Take a look at my gilfriend, más bonita que ninguna.
(Personaliza la portada de tu agenda. Ya está.)
Carmen Osadía
Gutiérrez Ruiz
My darling.
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